La revolución conservadora, que iniciaron Reagan y Thatcher, es la culminación de lo que Walter Russell Mead llama el sistema angloamericano, que habría modernizado el mundo a partir del siglo XVIII, mediante la combinación del comercio (ahora, globalización y libre mercado) y el poder militar. Ese sistema, civilización lo llaman algunos, amenaza ruinas al comenzar el siglo XXI.
El epicentro del problema está ahora en el mercado más libre y globalizado, Wall Street, el templo mayor del neoliberalismo. Con el agravante de que envuelve a sus dos guardianes, ambos nombrados el 2006, el presidente del Banco Central, Bernanke, un profesor de economía especializado en la gran depresión de 1929, y el Secretario del Tesoro (Hacienda), Paulson, quien fuera presidente y gerente general de Goldman Sachs entre 1999 y 2006, uno de los cinco gigantescos bancos de inversiones que desapareció en este vendaval.
A pesar de los esfuerzos de ambos (inyecciones de dinero, líneas de créditos, paquetes de estímulo, etc.) durante más de un año y pese a que más de una vez afirmaron haber contenido la crisis, finalmente se les desbordó. Se nacionalizaron dos reaseguradoras de hipotecas y la firma de seguros más grande del mundo, desaparecieron los bancos de inversiones independientes (uno quebró, dos fueron absorbidos por bancos comerciales a precios de liquidación y los otros dos se transformaron en bancos comerciales, es decir, regulados) y recurrieron con extrema urgencia al Congreso, seis semanas antes de las elecciones generales, pidiendo 700 mil millones de dólares para comprar las deudas “tóxicas” del sector financiero, con la invocación: “¡que Dios nos asista si el plan no es aprobado!”.
En Wall Street se repitió la historia, que comenzó con los tulipanes en Holanda, en el siglo XVII, cuyos contratos a futuro llegaron a precios exorbitantes. Las crisis se hicieron más seguidas e intensas cuando se pasó del capitalismo de PYMES al de gigantescas corporaciones, al iniciarse el siglo XX. En 1907, una crisis financiera, superada gracias a la intervención de los banqueros de Nueva York encabezados por JP Morgan, dio origen al primer banco central del mundo, con la misión de ser el prestamista de última instancia.
En 1989 se produjo en EE.UU. la crisis de las asociaciones de ahorro y préstamo, consecuencia de la desregulación. El gobierno se hizo cargo, el hoyo fue de 160 mil millones de dólares, recuperó sólo la cuarta parte, y esas entidades, con una historia de más de un siglo, desaparecieron. El mismo año, sin prestar atención a esa noticia, todos nos convertimos al consenso de Washington, una versión de cátedra del fundamentalismo del mercado.
Cuando nos desviamos de la ortodoxia al recurrir al Estado, recibimos varapalos de nuestros maestros, el complejo W, que con un lenguaje casi bíblico nos explicaron que solo el mercado crea la riqueza, que hay que evitar las seductivas tentaciones del estatismo, que hay que resignarse a la cautividad de los ciclos económicos y, si lo hacemos, lograremos finalmente la redención con el advenimiento del mercado libre, por supuesto, después de una dosis de ascetismo, correcciones y ajustes, penitencias por abjurar de la mano invisible del mercado.
Ahora bien, ¿cómo ocurrió este colapso? La primera parte de la ecuación es que los bancos lograron transformar haberes no transables, las hipotecas, en transables, al usar paquetes de éstas para asegurar títulos de deuda que traspasaron a terceros, quienes a su vez los utilizaron como garantías a otras emisiones de bonos, al cuadrado (incluso se llegó a operaciones al cubo). Así, hicieron la ganancia de inmediato, sin esperar el plazo de vencimiento de las hipotecas, y traspasaron el riesgo a terceros. Soros los bautizó como instrumentos financieros de destrucción masiva.
La segunda parte de la ecuación fue la abundancia de préstamos hipotecarios debido a que las viviendas, al aumentar siempre de precio, permitían otorgarlos a personas sin solvencia. A lo que se sumó que los propietarios, después de un tiempo, podían contratar una segunda hipoteca, y usar así el alza del valor de sus viviendas como alcancías.
Estas operaciones las realizaron entidades financieras no reguladas, en particular, los bancos de inversión que, en vez de prestar servicios, se transformaron en fábricas de dinero, cuyo insumo era el dinero. Ello ocurrió gracias al emprendimiento de jóvenes ases de la informática, al parecer sin supervisión adulta. A sus jefes, que poco entienden de computación, lo que les importaba eran los rendimientos, que eran premiados con generosas gratificaciones. Las remuneraciones del personal de esos bancos, sin contar la plana mayor, pero si a oficinistas y secretarias, llegó a un promedio de más de 8.500 dólares por semana. Y la euforia era tal, que celebraron su último congreso, poco antes del comienzo de la crisis, en Barcelona, España. El gran patrón de Lehman Brothers, el banco que quebró, tuvo una remuneración, en su último año, de 17.000 dólares por hora. Y la pompa de jabón estalló cuando las viviendas bajaron de precio, justo cuando los emprendedores comenzaban a explorar transformar en transables los préstamos a los estudiantes universitarios y para comprar automóviles, como a las deudas respaldadas por tarjetas de crédito.
La explicación es que la línea divisoria entre el lucro, el motor de la economía de mercado, y la codicia o avaricia es, al parecer tenue, a lo menos desde la muy evangélica Holanda del siglo XVII. Tal vez por ello el FBI inició una investigación para determinar si hubo fraude en las cinco firmas más afectadas por esta crisis.